Matar para el bien de la raza-Operación T4

Primavera de 1939. Adolfo Hitler recibe una carta de un tal Knauer, de Leipzig. Este es un miembro del partido y tiene un hijo de nueve semanas que ha nacido ciego y contrahecho. El padre solicita al Fuhrer autorizacion para matar a su hijo por el bien de la raza… Hitler envía a su médico personal, el Dr. Karl Brandt.
Brandt examina a la criatura y da la orden de “liquidarla” a un pediatra de la Universidad de Halle, el Dr. Werner CAtel (este afirma que se negó a cumplirla). De un modo u otro, el pequeño Karl Knauer, muere. Fue el primer asesinato “administrativo” del Reich hitleriano.
Aquel día comenzaba un proceso irreversible. en octubre de 1939 Hitler firma un decreto reservado. En él autoriza a Brandt y al Reichsleiter Bouhler para extender el programa de eutanasia a todos los casos que se consideren incurables. Faltaba metodizar la orden, fabricar un instrumento que pudiese terminar con un cierto número de personas al mismo tiempo. El gabinete personal del Fuhrer consultó al Instituto de Técnica Criminal que aconsejó el gas.
De acuerdo con los antecedentes del procurador de Francfort, un tal Widemann asegura que el autor -el inmortal autor- de la idea de asesinar gran cantidad de personas mediante gas introducido en recintos herméticamente cerrados, sería el general de policía Paul Werner (en libertad, alto funcionario de Wurtemberg). De todos modos, el primer ensayo tuvo lugar en noviembre de 1939 en la prisión de Bradeburgo. Se realizó con cinco polacos que fueron asfixiados mediante óxido de carbono. Uno de los miembros de aquella comisión de ensao era el doctor en química August Becker (en libertad). El ensayo tuvo franco éxito. Sin perder un instante, un equipo de médicos inspectores se pone en marcha, recorre los asilos y los hospitales, selecciona a los enfermos y los envía a alguna de las seis cámaras de gas disponibles por el momento en Alemania. Después de la muerte, la familia recibe un simple afiso de deunción (apendicitis o ataque cardíaco), una urna con las cenizas y la factura de las pompas fúnebres. Entre los que intervinieron en estos procedimientos; el ya mencionado doctor Catel (en libertad, en Kiel) y el doctor Wentzler (en libertad, en Hannover-Schmunden). Para disfrazar la operación se le dio un nombre en código; T4. Hitler quería guardar el secreto. Hubo además una reunión de todos los fiscales y jueces superiores de Alemania en el Ministerio de Justicia. Estos magistrados fueron informados de la decisión del Fuhrer. Se les aconsejó que si los particulares se quejaban, se les respondiera simplemente: “¡Orden secreta del Fuhrer!”. Ninguno de estos fiscales, ninguan de estas altas conciencias protestó. Ninguno fue jamás inculpado.
Alrededor de 100.000 alemanes fueron gaseados entre octubre de 1939 y el otroño de 1941 cuando Hitler decidió suspender la operación T4. El crimen fue momentáneamente detenido. En agosto de 1941, von Galen, obispo de Munster, condenó desde su púlpito la eutanasia nazi. Pío XII apoyó la protesta del sacerdote alemán y el Fuhrer debió dar marcha atrás. Todo el episodio estuvo acompañado por un hecho casi incríble. Kurt Gerstein, un químico alemán que había perdido a uno de sus parientes en la cámara de gas, decidió incorporarse a los SS para comprobar la veracidad de los hechos. Así pudo visitar el campo de exterminio de Belzec. Espantado por el espectáculo, trató de ponerse en contacto con las embajadas y con la nunciatura en Berlín. fue en vano. Ningún gobierno, ninguna personalidad internacional, volvió a alzar su voz públicamente contra esos crímenes. Gerstein, el heroico “enviado especial en el infierno”, una de las pocas figuras intrépidas de la resistencia alemana, murió misteriosamente en 1945 en la prisión de la Santé, en París.

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